Y entonces, entre todas las sensaciones íntimas desatadas por la partida del Indio, se cuela el sentido histórico.
Hemos visto imágenes blanco y negro de las despedidas de Gardel, de Evita, de Perón. Recordamos el llanto incontenible, multitudinario, cuando se fue Néstor. Lamentamos el caos que ganó a la despedida del Diego. Y de pronto millones quieren estar en Villa Domínico, darle un último adiós sabiendo que jamás le diremos adiós, que el Indio vive en nosotros por siempre.
Es una masa incontenible, son kilómetros de fila de dolientes, de pueblo tironeado entre la pena y la felicidad de al menos saberse juntos, aliados, pasando de las mejillas bañadas y el nudo imposible al salto y al pogo, a la voz en cuello con esas frases que imprimió para siempre en nuestras mentes, los corazones, el alma. La potencia de lo que se vive en Avellaneda va haciendo más y más chiquitos, microscópicos, a los miserables de siempre que buscan roña en las redes, que apelan al pensamiento más rastrero para intentar el imposible de ningunear el dolor popular, de relativizar y ensuciar a una figura imborrable de la cultura argentina.
Lo dijeron varios por todas partes: que te odien los hijos de puta también te define.
Pero todo eso, lo racional, termina de venirse abajo al entrar a la capilla ardiente y que el ataúd sea el último cachetazo, la piña que nos manda a la lona, la imagen que obliga a caer la ficha, a darse cuenta que esto no es otra mala pesadilla de esta Argentina siniestra que nos toca vivir bajo el gobierno de los miserables. Un día el bote volcó, y el premio a pique se fue.
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